Me gustan los animales y los chistes malos. También hago música y software que mejora la empleabilidad de las personas. Toda mi energía está enfocada en CandyCV.
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¿Quién manda aquí?
feb 09 ⎯ ❤️5Gran parte de los conflictos que tenemos en nuestras relaciones no vienen de “lo que ha pasado”, sino de las expectativas que cada uno tiene de la relación: cliente-vendedor, jefe-empleado, pareja, amigos. Etiquetar las relaciones parece que ahorra conversaciones: encapsula expectativas comunes, pero… ¿realmente son comunes? Y, sobre todo: ¿son útiles las etiquetas? ¿El cliente siempre tiene la razón? ¿El empleado debe obedecer al jefe? ¿El vendedor tiene que aguantar que el cliente le trate como quiera? En abstracto, todos pensamos que no. Pero ¿qué esperas tú cuando estás en esos roles? ¿Por qué manda quien paga y no quien produce el valor? O mejor, ¡ambos! ¿Por qué no podemos tratarnos como personas, independientemente del rol, y respetar nuestra individualidad? Ser personas que nos juntamos para encontrar un beneficio mutuo. En la práctica, perpetuamos sin querer las asimetrías de poder heredadas de las etiquetas. Porque el cerebro quiere atajos. Es mucho más rápido decir “cliente” que listar todo lo que uno asocia a ese rol y negociar con la otra parte hasta alinear expectativas. Porque eso no escala y porque, para eso, hay que saber escuchar. Ignorar las etiquetas obliga a prestar atención a quien tienes enfrente. A tratar las relaciones 1 a 1 y tomar decisiones al respecto: tener pocos amigos, elegir jefes que no esperen obediencia, o construir productos que puedan absorber la mayor parte de soporte al cliente con diseño y autoservicio (a menos que quieras crecer a base de contratar personal). ¿Fácil, no? Pues no hay tantos de esos, quien cree que tiene el poder no suele querer soltarlo. Además, también implica convertirte en una persona “incómoda” o “confrontativa”, y eso va en contra de nuestra necesidad más primaria de pertenecer y agradar al grupo. Es curioso ver cómo ser clara y directa con mis expectativas levanta tantas cejas. Algunos confunden asertividad con agresividad o arrogancia, los mismos que creen que tienen algo que les quieres quitar (aunque eso sea poder sobre ti). Esto lo veo mucho en colaboraciones. La narrativa que te intentan colar cuando eres “pequeño” es que el tamaño determina el trato. Que “te toca ceder” y dar las gracias simplemente por estar. Te dan el manual de expectativas de una relación “pez grande-pez pequeño”. Yo no trato así a nadie, y quien intente tratarme así no colaborará jamás conmigo. El juego es largoplacista y la vida da muchas vueltas, no me interesa la gente que va por ahí escupiéndose en el ojo. A mí me interesa que ganemos las dos partes: qué aportas tú, qué aporto yo, y cuál es el intercambio que ambos sentimos justo. Me dan igual las expectativas asociadas a nuestros roles en la relación. Si yo sé que te voy a aportar mucho valor, no voy a aceptar un acuerdo mediocre solo por “ser pequeña”. Del mismo modo, si yo sé que no soy capaz de aportarte valor hoy, te lo diré honestamente y me aseguraré de que quieras colaborar conmigo en el futuro. El tamaño no es el valor. El valor es el valor. En CandyCV aplico el mismo principio. Esporádicamente, algún usuario escribe al email de soporte. Cuando leo el correo no entro en modo “vendedor-cliente”, sino en “persona hablando con persona”. Una relación entre iguales que empieza de cero, sin expectativas por mi parte pero con curiosidad por entender las suyas y predisposición a ayudar. A veces me escriben para pedirme cosas que sé que son mala idea, incluso para ellos. La respuesta fácil es la típica “¡Gracias por el feedback, lo meto en backlog!”. Quedas de puta madre, no discutes y el otro parece que se queda satisfecho. Muchas veces he hecho eso en el pasado, la verdad xD pero ahora prefiero escuchar y explicar el criterio. Resulta que suelen quedar más satisfechos así, aunque la respuesta sea “no”. Solemos agradecer más que se nos dedique tiempo y entender las cosas, que tener razón. Otras veces me piden cosas que no había pensado. Eso me encanta porque es una oportunidad para aprender. Les pregunto qué están intentando conseguir con eso, por qué les importa, qué problema hay detrás. Muchas peticiones son una mala solución para un problema que tienen de verdad. Otras son buenas soluciones que no se me habrían ocurrido. Obviamente esto funciona porque, por diseño, el volumen de emails que me llega es muy gestionable. Y pasa algo muy chulo, que es que la suma de las interacciones individuales sí ayuda a escalar. Porque si hay algún problema que se repite, el “caso de uso” se convierte en una señal de producto y lo podemos solucionar de raíz. Al final, lo que las etiquetas nos ahorran en eficiencia nos lo cobran en conflictos u oportunidades perdidas. Por eso me esfuerzo por tratar con personas, no con roles. Y eso ha requerido mucho trabajo personal de mi parte, sobre todo para respetarme a mí primero. Pero no siempre consigo ignorar los roles, con gente que se supone que está “por encima” de mí todavía tengo poca paciencia aunque la merezcan. En fin. Mi forma de tratar bien a la gente es respetar su individualidad y la mía, salir del piloto automático de las etiquetas y prestar atención. Eso me ha llevado a sacrificar cantidad de relaciones, pero las que tengo son más equilibradas. Como mínimo, lidio con menos tonterías.
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Lo que el viento no se llevó
ene 31 ⎯ ❤️2Vivo al lado de una sierra valenciana y estos días está haciendo muchísimo viento. Cuando salgo a caminar con las perras me ensordece, como si estuviéramos en una pecera. A veces me pregunto cómo lo escucharán ellas, con ese oído tan fino que tienen, pero no parece importarles. De hecho, juraría que les gusta. Es como si el viento les trajese los olores directos a la nariz y se les apagaran los oídos. Igual por eso no me hacen ni caso. Al llegar a casa siento alivio: por fin silencio. ¡Silencio, dice! JAJA, qué pringá. En cuanto terminamos el ritual de limpieza + juego, aparece otra vez el ruido. Pero, esta vez, el viento está dentro de mi cabeza. Hace poco escribí en la newsletter de Javi Platón sobre mi decisión de cambiar un avión por un velero. Lo que no contaba ahí es que en alta mar no hay un minuto de silencio. Cuando Martín y yo empezamos CandyCV, teníamos clarísimo que queríamos bootstrappearlo. La vida que queremos tener es incompatible con deudas, rendir cuentas a gente, y cualquier otra cosa que nos reste libertad. Aspiramos a ser una two-person army. Pero queremos merecernos esa independencia a base de hacer las cosas bien. Ese marco fue el filtro por el que fuimos descartando ideas hasta llegar al mercado del empleo. Un océano rojo lleno de productos establecidos y de algunos nuevos con VCs detrás. Y desde fuera se ve como un mercado fácil: “Total, si todo el mundo busca trabajo, ¿no? Ese es el TAM!!!” Pero si te metes de verdad, lo que ves no es fácil: vulnerabilidad y humo. Y ves lo poco en serio que se toman la mayoría de estos productos el problema que dicen resolver. Eso, y la compatibilidad con nuestro estilo de vida, fue lo que nos hizo entrar. Al principio yo me imaginaba el velero navegando al sol, mar en calma, pajaritos piando alrededor, delfines subiendo a saludar mientras suena John Coltrane de fondo. JAJA. Qué pringá. Para empezar, yo no es que sea una persona particularmente tranquila. Mi amigo Josep Jaume me dijo una vez que él me asociaba a un huracán. No sé en qué momento pensé que era razonable esperar calma en mi cabeza xD Y más cuando decidí pasarme el juego en modo difícil. He visto muchas veces cómo tener mucho dinero al principio puede convertirse en la peor condena de una empresa (que quiera ser rentable). “UY! Hemos contratado a más gente de la que realmente necesitamos”. “UY! Desde el principio metí pasta en Google Ads para adquirir negocio rápido y ahora dependo de eso porque nunca trabajé canales orgánicos”. “UY! Firmé contratos tochos y ahora tengo que hacer un producto para ellos jeje fuck my roadmap”. “UY! No quería internacionalizarme, pero me dicen por el pinganillo que, o lo hago ya, o no hay pasta. Y necesito la pasta para pagar la sobredimensión, los anuncios de Google y el roadmap sorpresa”. UY! Ahora tengo los mismos problemas pero en N países más jeje fuck my life. Conociendo esos vientos prefería descubrir mis propias tormentas. Empezar sin dinero. Sin intención de contratar gente. Además, me crié con mi abuela y ella solo saca un euro del bolsillo cuando tiene, como mínimo, dos. Pero eso no me libra de mis UYs. Los míos, siendo Martín y yo solos, y yo encargándome especialmente de la distribución, suenan más a: “UY! Tengo que aprender SEO técnico y de contenido y, como no pago herramientas, soy literalmente yo misma con mi mecanisma, buscándome la vida, experimentando y esperando meses para tener feedback”. [ANSIEDAD] “UY! No quiero pagar por linkbuilding así que me toca hacer outbound sales para conseguir enlaces relevantes”. [IMPACIENCIA] “UY! Con la pereza que me dan las redes sociales tengo que abrir cuenta every-fucking-where. A ver si nadie se da cuenta de que tengo los dientes de abajo torcidos. OJALÁ NADIE SE FIJE EN MI CARA”. [MIEDO AL RECHAZO] “UY! Tengo que aprender a comunicar conceptos complejos en 60 segundos, hablar a la cámara y editar yo sola los putos vídeos”. [INCOMODIDAD] “UY! Me cago en la leche, por qué cuesta tanto que LinkedIn mueva mi contenido si me lo curro mazo?!?!?! Vale que no pongo selfies en el ascensor, ni me subo a sensacionalismos, ni polarizo… pero joder, que es bueno!”. [FRUSTRACIÓN] “UY! Tengo que diseñar y yo no soy diseñadora. Ohdiosmío todo el mundo se va a dar cuenta y se va a reír de mí”. [SÍNDROME DE IMPOSTOR] La lista es infinita y lo peor no son los UYs. Lo peor es el subtexto: sentir que lo hago mal, que no aprendo lo suficientemente rápido, que el resultado nunca es suficientemente bueno. Para todo podríamos contratar a alguien que lo hiciera mejor que yo. Y por eso, para una persona autoexigente hasta límites estúpidos, era absolutamente delulu esperar que en mi cabeza no hubiese viento. Si continuamente estoy SOPLÁNDOME PA’DENTRO. A pesar de que, en la práctica, 10 meses después de lanzar CandyCV ya entran 4000 personas a la semana. Así que sí: la metáfora del avión y el velero quedaba muy bonita, pero era una verdad a medias. En alta mar se nota más el viento. Cuando vuelvo a casa y cierro la puerta después del paseo, el viento fuera sigue igual. Y el de dentro también. La única diferencia es que, poco a poco, empiezo a distinguir qué es clima y qué soy yo, y navego con él. Iré contando mi viaje como emprendedora (entre otras cosas).